|
12-07-2010 |
Las modas en el pensamiento económico suelen ser cambiantes y recurrentes. Pero el vuelco en las prescripciones para enfrentar la crisis económico-financiera desatada hacia fines de 2007 parecería ser más drástico de lo que habitualmente sucede. Hace tan sólo un año todos, desde los keynesianos acérrimos hasta el FMI, coincidían en que el factor fundamental que ayudó a revertir la reciente recesión global fue el estímulo fiscal y monetario implementado por la mayoría de los gobiernos, tanto en países avanzados como emergentes. Más aún, en ese momento, se coincidía también en que la recuperación no estaba afianzada lo suficiente como para comenzar un proceso de eliminación de los estímulos.
Como era de esperar, estos estímulos, que sin duda contribuyeron a revertir la crisis, resultaron en déficits fiscales abultados y en un incremento sustancial en el endeudamiento público, particularmente en los países industriales. Entonces, también para "sorpresa de todos", comenzó a dudarse de la capacidad de pago de algunos países altamente endeudados, sobre todo en Europa. Esto abrió, a comienzos de año, una segunda fase de la crisis, esta vez centrada en la solvencia soberana y en la del sistema bancario europeo, muy expuesto a la deuda de estos países.
Lo que llama la atención, en la respuesta a esta segunda fase de la crisis, es que la fórmula de política económica recomendada para resolverla fue, para muchos de los actores de la misma, exactamente la opuesta a la pregonada poco tiempo atrás. Particularmente en Europa, y con algunas contorsiones en el FMI, se ha entrado a promover y a aplicar políticas de austeridad fiscal muy agresivas, casi en una suerte de concurso sobre quién logra el ajuste más severo. Como ejemplo de este vuelco valdría sólo comparar los comunicados del G-20 de este año y del anterior.
Claramente este vuelco no es compartido por todos. Los Estados Unidos temen que un ajuste fiscal drástico y prematuro eche por tierra la frágil recuperación y que, además, resulte en una recesión seria en Europa, especialmente en los países periféricos más afectados, que terminen haciendo la deuda pública mucho más insostenible. Esta visión se basa en la idea de que el estímulo fiscal, al promover el crecimiento, diluye en el mediano plazo el peso de la deuda y que la austeridad extendida a aquellos países que la necesitan menos, como Alemania y otros países del norte de Europa, puede provocar una espiral deflacionaria colectiva de la que sería sumamente difícil salir.
El presidente Obama ha presionado a Alemania para que evite la austeridad y promueva el crecimiento de su demanda interna, para así sacar al resto de Europa del estancamiento en que está. Algunos observadores reputables, como el premio Nobel Paul Krugman, han llevado esta disputa a un nivel casi personal, acusando al muy respetado presidente del Bundesbank (y probable presidente del Banco Central Europeo) Alex Weber de haberse convertido en "un riesgo considerable para la zona euro".
Por más credibilidad y confianza
¿Es racional esta disputa? Los que pregonan las virtudes de la austeridad no pueden ignorar que sin crecimiento el problema de la insostenibilidad de la deuda es irresoluble. El argumento es que la austeridad llevará a una mejora considerable en la credibilidad y confianza, lo que redundará en un incremento de la inversión y del gasto privado, lo que finalmente logrará un crecimiento más sostenible. En la práctica, es muy difícil suponer que todo eso pueda contrarrestar los efectos recesivos de un ajuste dramático como el que se viene proponiendo.
Es cierto que Alemania al mismo tiempo que trata de ganar el concurso de austeridad sería el país más beneficiado de la crisis europea. Con la presente constelación, que incluye un euro débil, tasas de interés y de inflación bajas y fuerte recuperación internacional centrada en Estados Unidos y en los países emergentes, Alemania crecerá este año al doble del promedio de la eurozona, algo que marca una gran diferencia con los pasados 40 años. Sin embargo, parte importante de este crecimiento es el veloz aumento de las exportaciones, lo que significa que Alemania con su austeridad interna contribuye poco al sostenimiento de la recuperación global.
Es entonces evidente que, hasta que la recesión no quede atrás, es necesario mantener el estímulo fiscal y monetario y posponer la austeridad. Pero ¿cómo se evita la desconfianza de los mercados? Tal vez la mejor forma sea implementar un estímulo en conjunto con el diseño de un plan concreto de saneamiento fiscal para el futuro, que intertemporalmente equilibre los déficits corrientes con los ahorros futuros. Sin duda, los estímulos fiscales causan daños colaterales en la forma de un mayor endeudamiento, pero éste es viable si las políticas macroeconómicas promueven el crecimiento y van acompañadas de políticas de salida consistentes con la reducción futura de la deuda.
Se ha dicho que en un incendio el mayor daño lo causa el agua utilizada para apagarlo. Pero hay un daño mayor, que es el que proviene de cortar el grifo antes de que el fuego esté totalmente extinguido. Si se completa eficientemente la tarea y se planifica el futuro, será más fácil y habrá tiempo para reparar los daños causados.
|