Región Centro

Entre Ríos, víctima de la añeja rivalidad con Brasil

Sección
Integración
Fecha
27 de marzo de 2017

Marcelo Lorenzo*

Cualquiera que mire desapasionadamente a Entre Ríos concluirá que la profecía de Tomás de Rocamora de que sería “la mejor provincia de nuestra América”, estuvo lejos de cumplirse.

La mayoría de sus indicadores socioeconómicos, más allá de las retóricas oficialistas, sugieren que se halla, en pleno siglo XXI, muy por debajo de sus posibilidades reales.

Por lo pronto, está por detrás de Santa Fe y Córdoba, con quienes conforma la Región Centro, un bloque que reúne condiciones similares, sobre todo desde el punto de vista de las fuerzas productivas.

“Hay que destacar el relativamente bajo desarrollo (de Entre Ríos), dentro de la Región Centro, en actividades de alto valor agregado y su baja capacidad exportadora de este tipo de bienes y servicios”, refiere un trabajo reciente del Consejo Empresario de Entre Ríos (CEER).

El mediocre presente contrasta con el liderazgo que protagonizó a mediados del siglo XIX la provincia de Justo José Urquiza, que actuó como piedra en el zapato del centralismo porteño.

Se pierde de vista que para enfrentar al todopoderoso gobernador de Buenos Aires, al dictador Juan Manuel de Rosas, había que tener con qué, había que contar con un poder económico y poblacional sino simétrico al menos suficiente.

Tras la batalla de Caseros, fue justamente Entre Ríos la que lideró el proceso de organización nacional bajo el sistema democrático y federal, convirtiéndose el caudillo entrerriano en el primer presidente constitucional del país.

La Confederación Argentina, con capital en Paraná, fue un invento genuinamente entrerriano a favor de un país federal. No se ha remarcado lo suficiente que el naufragio de ese experimento -saboteado por el poder porteño- supuso el fin del sueño de un país más equilibrado en todo sentido.

La pérdida de hegemonía de Urquiza, y su posterior asesinato en 1870, sumió a la provincia en una guerra fratricida y sobre todo en un rol secundario en el mapa político del país.

La declinación atrapó a Entre Ríos durante todo el siglo XX, no pudiendo volver a la posición de relevancia económica e institucional alcanzada durante el período urquicista.

¿Qué le pasó a Entre Ríos, entonces? Se han dado algunas explicaciones del eclipse provincial y todas ellas lucen plausibles. Y acaso no haya que quedarse con una sola en particular, por aquello de la multicausalidad de los fenómenos sociales.

Esas razones se podrían clasificar en dos grupos: A) las que atribuyen la decadencia entrerriana a causas endógenas (internas); B) las que ponen énfasis en factores exógenos (externos).

En el grupo A sobresale la explicación de que la provincia ha sido (des)gobernada, sobre todo en las últimas décadas, por una élite dirigencial cuyo rasgos más salientes han sido su ineptitud y corrupción. Por lo tanto, el subdesarrollo entrerriano habría que imputarlo al subdesarrollo de sus políticos, de suerte que el atraso es consecuencia de los malos gobiernos. Pero en último término la culpa seria de los entrerrianos, ya que son éstos los que votan esos dirigentes.

Entre las explicaciones que colocan afuera el eclipse provincial (grupo B) figuran tres (su mención seriada no responde a ninguna jerarquía): 1- La conspirativa creencia según la cual el poder porteño reconstituido alrededor de la figura de Bartolomé Mitre, tras la batalla de Pavón (1861), relegó deliberadamente a Entre Ríos, penalizándola por la osadía de enfrentar al Puerto desde la época de Pancho Ramírez.

2- La convencional teoría de que Entre Ríos fue víctima, como otras provincias del interior, del unitarismo fiscal. Se dice, en este sentido, que la provincia viene siendo una de las más perjudicadas por el sistema de coparticipación.

3- La hipótesis de conflicto con Brasil, presente durante buena parte del siglo XX, impidió que se construyeran grandes obras de infraestructura en la provincia, profundizando su aislamiento geográfico. Según esta visión, Entre Ríos quedó marginada, al igual que toda la Mesopotamia, porque esta porción del territorio se hubiera convertido en el campo de batalla de una eventual guerra con Brasil

TERRITORIO QUE PODÍA PERDERSE

Para algunos estudiosos el conflicto geopolítico con Brasil ha sido determinante para el retraso entrerriano, en un país donde todos saben que Dios está en todas partes, pero “atiende en Buenos Aires”.

Como la provincia era considerada un espacio geográfico colchón o escudo -como se prefiera- ante una eventual invasión brasileña, el gobierno nacional se desentendió de ella.

Entre Ríos, así, no estuvo bajo el radar de las políticas de fomento y desarrollo territorial. Esto incidió en materia de infraestructura, en un menor desarrollo de sus fuerzas productivas y en el retraso relativo respecto del resto del país.

Eso piensa por ejemplo Fernando Caviglia, docente universitario y miembro del Consejo Empresario de Entre Ríos. En un artículo suyo, aparecido en julio de 2015, al hablar de la integración regional de la provincia, se lee: “Las posteriores hipótesis de conflicto con Brasil -que retardó el desarrollo de la provincia de Entre Ríos- nos fueron aislando totalmente ya que ninguna obra de infraestructura nos unía con el resto de la Argentina ni con el Uruguay”.

Y añade: “Éramos la porción del territorio que se podía perder en caso de una guerra con Brasil. Para Buenos Aires la verdadera frontera era el río Paraná y no el Uruguay. Toda la Mesopotamia quedo marginada y solamente se la preparaba para que sea un campo de batalla, de allí la proliferación de regimientos a lo largo de las tres provincias”.

Es decir, la ubicación geopolítica de Entre Ríos, que luce hoy como su principal ventaja en un mundo globalizado, donde además se asiste a un proceso de integración regional, fue en el pasado una “maldición”, un factor de retraso.

Otra paradoja geográfica se desprende de esta hipótesis de conflicto: los ríos que rodean a la provincia, percibidos hoy como riqueza natural y extraordinarias vías de comunicación, contribuyeron en el pasado a mantenerla aislada del resto del territorio nacional, de suerte que actuaban como “mares” por su impacto económico y social.

Si a la provincia no se le permitió realizar mejoras sustanciales como la construcción de puentes y la construcción de caminos que la integraran, y esto con recursos federales (pese a que ella aportaba al erario nacional), esto obedecía a razones emanadas de la doctrina nacional en materia de defensa.

Apoya esta teoría militar el hecho de que hay una correspondencia cronológica entre la desactivación de la rivalidad con Brasil y el comienzo del fin de la insularidad entrerriana.

En efecto, la hipótesis de conflicto con el país vecino empezó a disolverse en la década de 1970, período en el cual comenzaron a realizarse conexiones nacionales sobre el río Paraná e internacionales sobre el río Uruguay.

CONECTIVIDAD NECESARIA

La inauguración del Túnel Subfluvial Hernandarias (hoy Uranga-Sylvestre Begnis), primera obra vial que integró a la provincia con Santa Fe, y por esta vía con el resto del país, se concretó recién en 1969.

Es interesante observar que si bien la solución natural hubiese sido la realización de un puente, los gobiernos provinciales solo pudieron escoger ese atípico formato por la falta de colaboración del Estado nacional, a quien corresponde la jurisdicción sobre los espejos de agua. (¿Incidencia, acaso, de la hipótesis de conflicto con Brasil?).

Luego otras obras mejoraron la conectividad entrerriana. En 1975 se inauguró el puente Gral. José G. Artigas que conectó Colón (Entre Ríos) con Paysandú (República Oriental del Uruguay – ROU). El puente Libertador Gral. San Martín, que unió Puerto Unzué (Entre Ríos) con Fray Bentos (ROU), es de 1976.

Un año después, el 14 de diciembre de 1977, se produjo la apertura de la tan esperada conexión entre la provincia y la capital del país a través del viaducto Zárate-Brazo Largo.

Se diría que Gualeguaychú es una muestra patente de cómo las grandes obras de infraestructura inducen el desarrollo, ya que su gran despegue arrancó en los ‘70, etapa en la que logró diversificar su estructura económica.

¿Cómo serían hoy Gualeguaychú y su zona de influencia sin la conexión vial con Buenos Aires? ¿Hubiesen sido posibles el Parque Industrial (PIG) y el turismo sin el puente Zárate-Brazo Largo?

Afortunadamente la hipótesis de conflicto con Brasil ha desaparecido (aunque algunos políticos entrerrianos la suelen invocar cada tanto como excusa para disimular su mediocridad) y la integración se ha profundizado con la vuelta de los gobiernos democráticos en la región.

BRASIL, DE CUCO A SOCIO

La cultura de la rivalidad entre Argentina y Brasil es antigua. Hay que pensar que los países heredaron la disputa entre los reinos de Portugal y España por el control del Río de la Plata.

Producida la conquista europea de América, este sistema fluvial fue un vasto espacio de disputa entre ambas monarquías, interesadas en la ocupación de las nuevas tierras y en el aprovechamiento de sus recursos naturales.

Fue la amenaza lusitana una de las razones de peso que decidió al monarca español Carlos III a crear en 1776 el Virreinato del Río de la Plata. Se trataba de instalar un centro político-militar capaz de movilizarse con eficacia ante cualquier alternativa tendiente a menoscabar el poder español.

De hecho la ocupación efectiva de Entre Ríos, mediante fundaciones de villas y el aumento de la presencia militar, se entiende a partir de la geopolítica defensiva española contra Portugal.

El virrey Juan José de Vértiz y Salcedo llevó adelante esta estrategia. Por eso mandó al teniente de Dragones Tomás de Rocamora a organizar el territorio y la defensa regional.

Fue así que Rocamora plantificó en 1783 las villas de San Antonio de Gualeguay Grande, Arroyo de la China (Concepción del Uruguay) y San José de Gualeguaychú.

Esta tensión desembocó en la llamada Guerra Cisplatina, que tuvo lugar entre 1825 y 1828, un conflicto armado entre las Provincias Unidas del Río de la Plata -que recientemente se habían independizado del Reino de España- y el Imperio del Brasil -que a su vez también se había independizado del Reino Unido de Portugal-, por la posesión de los territorios que corresponden a la actual República Oriental del Uruguay.

La disputa entre Argentina y Brasil continuó en los siglos XIX y XX. Ambos países se posicionaban como los más importantes del Cono Sur, con pretensiones de hegemonía y superioridad.

Según los expertos, las élites de ambas naciones fluctuaban entre dos pensamientos geopolíticos: una era ofensiva y nacionalista, afecta a la rivalidad militar, y la otra era integracionista, propiciando una alianza entre las partes.

Las primeras señales para la desactivación de la hipótesis de conflicto con Brasil fueron dadas por el último régimen militar argentino, luego de que el conflicto con Chile estuviera a punto de desembocar en una guerra sobre finales de la década del ‘70.

La explicación que se da es que la apertura de un nuevo frente de conflicto con el país trasandino, comenzó a calar hondo entre los militares argentinos, los que se convencieron de considerar a Brasil como socio. Este razonamiento se profundizará cuando en 1982 se concrete la guerra con el Reino Unido por la posesión de las Islas Malvinas.

Con la vuelta de la democracia, los países sellaron una definitiva alianza. Al respecto se considera un hito trascendente la firma en el año 1986 del Acta de Integración y Cooperación económica entre los presidentes Raúl Alfonsín (Argentina) y José Sarney (Brasil).

* El Día

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